Explicaciones no pedidas…

    Nos habíamos reencontrado después de muchos meses. Teníamos un grupo de WhatsApp llamado “Las de la zumba”. Nos habíamos conocido en las clase de zumba del gimnasio. Anna, Montse, Verónica y yo nos encontramos todos los martes y los miércoles en nuestra actividad favorita. Bailábamos juntas, nos cambiábamos juntas y nos esperábamos para salir juntas, paseando hasta que llegábamos al punto en que cada una partía en dirección a su casa.

    Llevábamos muchos años conviviendo en estos momentos, lo que nos llevó a compartir penas y alegrías en los minutos anteriores o posteriores a las clases, ya que, durante las clases entrabamos en una especie de meditación activa que nos permita olvidar por 45 min todo lo que pasaba en nuestro mundo exterior.

    Un día empezamos a quedar para cenar y así seguir esas conversaciones que siempre se quedaban a medías, ya que cada una tenía cosas que hacer al salir del gimnasio.

    Llegó la pandemia y nos separó físicamente, como a tantas otras personas.

    Por fin habíamos podido retomar nuestros encuentros, aunque no lo habíamos hecho con nuestras clases de zumba, ya que, durante este tiempo, habían cambiado muchas cosas. Anna aún tenía miedo y no había regresado al gym, Verónica había marchado a vivir a un pueblecito más tranquilo, lejos de la gran ciudad y Montse había cambiado las clases de zumba por otras actividades dirigidas que, ahora, le gustaban más, mientras, yo, me mantenía fiel a mis clases.

    Ese día Montse estaba un poco agobiada, acababa de discutir con su hijo, al que le había devuelto la consola aun sabiendo que tenía que estar castigado durante una semana, y solo llevaba dos días sin ella.

    ―Se ha portado bien durante dos días, pero ¡es qué lleva unas semanas insoportable! ―nos explicó ― Ya no puedo más con esta situación, pero, no tengo claro que haya hecho bien devolviéndole la consola.

    Después de dar nuestros distintos puntos de vista sobre la situación empezamos a hablar de cuando nos volveríamos a reencontrar en el gimnasio, entonces, yo les expliqué lo que me había pasado durante estos meses.

    Tenía una amiga a la que le gustaba bailar y le animé a venir al gimnasio conmigo, a las clases de zumba.

    ―Lo mejor será que podremos ir juntas ― me dijo mientras se apuntaba al gimnasio.

    Yo había empezado a trabajar como sanitaria hacía poco tiempo y se me acabó la suplencia que estaba haciendo. Por suerte enseguida me llamaron para otra suplencia, pero, me cambiaron los horarios y trabajaba por las tardes.

    Durante los primeros días intentaba llegar a tiempo a las clases de zumba que compartía con mi amiga, pero me costaba muchísimo llegar a la hora. Me agobiaba, ya de buena mañana, pensando que no llegaría a tiempo a la clase de la tarde. No disfrutaba de esos momentos. Así que decidí cambiar de horario y empezar a ir a clase de zumba por las mañanas.

    Mi amiga se enfadó conmigo, casi no me hablaba porque había dejado de ir con ella.

    ―¡Normal! ―dijo Anna sin pensarlo ni un momento ―. Te habíamos comprometido con ella y la dejaste tirada. Los compromisos hay que cumplirlos.

    ―No llegaba a tiempo, me desbordaba. Salía de casa con la mochila del gym, temía encontrar caravana al volver con el coche, tenía que aparcar, entrar, cambiarme y llegaba siempre tarde a la clase, y sufriendo. Además, tenía miedo de tener un accidente por la carretera ―contesté dando toda clase de explicaciones que nadie me había pedido.

    Anna seguía tirándome en cara que yo me había comprometido con esa chica.

    ―En realidad son excusas, ya que, puedes entrar en la clase, aunque ya haya empezado ― añadió― No hay para tanto. Lo que sí que es importante es cumplir lo que prometes.

    Empezamos a hablar todas casi al mismo tiempo. Noté como me estaba poniendo nerviosa y cada vez más a la defensiva.

    Entonces me di cuenta de que cada una de nosotras tenía una opinión distinta sobre la situación. Eso me hizo reflexionar.

    Suerte que me di cuenta. En cuanto fui consciente paré y di un paso atrás

    Ya sabía que cuando entrabamos en estas discusiones lo único que hacíamos era dar explicaciones que en realidad nos las dábamos a nosotras mismas. Cuando observas esto empiezas a ver lo divertido de la situación y compruebas que cada una habla para ella misma, dándose las explicaciones a su propio yo.

    Yo me estaba justificando y dándome explicaciones a mí misma porque en realidad no me sentía bien por haber cambiado el horario. Mi personalidad siempre se ha centrado en los demás y hacer algo para mi aún me resonaba como egoísmo, aunque sabía que eso era sólo una creencia.

    En realidad, otras personas en mi situación se hubiesen priorizado a ellas mismas sin sentirse mal. Estas personas no darían ninguna explicación a nadie, porque no necesitan explicarse nada a ellas mismas.

    ¿Y qué pasaba con Anna que hablaba sin cesar? Empecé a escuchar lo que decía y me di cuenta de que ella también se daba explicaciones a sí misma. Creo que se estaba viendo reflejada en mí. Ella misma nos había explicado unos momentos antes no había cumplido con el castigo de su hijo, su compromiso. Seguramente yo le había hecho de espejo y ahora se había alterado.

    Y mientras todas hablaban me di cuenta de que en la música de fondo del restaurante sonaba una canción conocida.

    ―¿Escucháis la canción? ―dije en un tono más elevado para que me oyeran por encima de la conversación ― Esta canción la bailábamos con Asún, ¿Os acordáis?

    ― ¡Ostras si! Me encantaba la coreografía ―dijo Verónica

    Y así empezamos a mover nuestros cuerpos al ritmo de la música y volvimos a vivir esa magia que se siente al bailar.

    Mientras se movían al ritmo de la música seguían hablando, y yo me imaginé bailando. Y recordé que bien me lo pasaba en esos momentos compartidos con ellas, bailando en la sala 2, frente al mar, que se movía con nosotras y nos acompañaba en el baile, a veces a ritmo de bachata y otras veces a ritmo de rock.

    Y me sentí afortunada de tener la suerte de compartir con ellas estos momentos, aunque algunas veces nos hiciéramos de espejo unas a las otras.

    Con esta historia quiero animarte a que, en aquellas conversaciones en las que participes, en las que el tono vaya subiendo y todo el mundo de explicaciones, intentes darte cuenta si todo aquello que se dice, se dice para explicar algo a los demás o simplemente cada uno se está hablando a sí mismo.

    Observa a los demás, escúchate y escúchalos dando un paso a atrás, y verás que muchas personas no te hablan a ti, si no que se están hablando a ellas mismas.

    Cuando te des cuenta de que lo que dicen no va contigo, si no que va con ellos. Que los discursos no son para ti sino para ellos, y que nada tiene que ver contigo, vivirás mucho más tranquila, y dejarás de estar a la defensiva. 

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