Tenemos un café pendiente

    Autoconocimiento. Desarrollo personal. Silencia tu ruido mental

    Nos encontrábamos una vez al año, el día de los Coros, ese día tan especial para nuestro barrio. Esas fiestas que hacían volver a casa a muchas de nuestras compañeras de EGB, que habían marchado a vivir a otro lado. Unos años unas, otros años otras. Siempre nos encontrábamos en el mismo lugar, allí donde Lydia estaba sentada, con su madre, viendo a todos los coros pasar.

    Yo solía llamar al lunes de Coros, el día de los abrazos, no solo porque nos encontrábamos con nuestras compañeras si no porque me encontraba con muchas de las personas del barrio, algunas de las cuales tan solo hacía unos días que no veía. Aun así, la fiesta, la música y el baile hacían que nos abrazásemos como si hiciera años que no nos viésemos.

    Todo el mundo se sentía contento, esa euforia de barrio. Me gusta recordar como al día siguiente, me daba la sensación de que hasta el barrio tenía resaca, las calles, las casas, respiraban ese ambiente de cansancio después de una fuerte emoción de alborozo.

    En este punto me detengo a pensar el efecto casi hipnótico que tienen estas emociones compartidas. Te dejas llevar por el ambiente y prácticamente el resto hace lo mismo. Y aunque no todas la persona somos iguales, ni estamos en el mismo momento de vida, en una situación neutra, la alegría y el ambiente nos lleva a tener una sonrisa en la cara. Lo mismo que cuando gana una copa el equipo de futbol de nuestra ciudad, la satisfacción y el gozo se convierten en una emoción general que se contagia.

    Y allí estábamos nosotras, las de la EGB, disfrutando de una fiesta casi mágica, haciéndonos fotos para compartir y comentando que teníamos que quedar. “Tenemos que hacer una cena para reencontrarnos” era la frase oficial.

    Con Lydia no solo me reencontraba los días de los coros, si no que nos encontrábamos por el barrio. Aunque últimamente tampoco era así, llevábamos unos años sin vernos, Lydia no salía, no podía…y yo, como siempre, desbordada, corriendo, empujando mi vida, sólo tenía contacto con ella por WhatsApp.

    Después de varias semanas sin ir a mi clase de zumba, ese día, prácticamente me obligué a ir.

    Había pasado unas semanas, mejor dicho, unos meses muy malos, tanto que hasta había dejado de hacer una de las actividades que más me gustaba, que más vida me daba.

    Y me cuesta darme cuenta de que cuando las cosas no van bien, entro en esa espiral de victimismo, del “todo me sale mal”. Rueda de la que en vez de intentar salir parece que me envuelva como en una manta, viendo como magnificado que todo me va mal.

    Ahora siendo consciente de ello, doy un golpe en la mesa, y me obligo a ir a bailar.

    Y cuando salgo de clase me siento viva, me siento bien, he reído, he bailado y no entiendo porque encontraba mil excusas para no ir. La importancia que tiene en esta vida buscar esos momentos para hacer lo que te hace sentir bien, lo que te invita a vivir, lo que te da alas para sentir y seguir.

    Y con una sonrisa en mi cara salía del gym hacía mi casa. “Me ducharé cuando llegue”.

    Pero camino de casa me encontré a Lydia. Mi primera intención había sido decirle que quería ir a ducharme, que ya hablaríamos otro día, pero hacía demasiado tiempo que no nos veíamos y empezamos a hablar.

    Conversamos durante más de 1h, ahí, de pie, en medio de la calle. Hasta que vino su madre, y tal cual fuésemos niñas pequeñas nos riñó por llevar tanto tiempo allí, mientras ella la esperaba.

    Lydia me contó, que ahora, ya podía salir y ya podíamos volver a quedar. Le conté que estaba demasiado liada con las obras, el trabajo… y le prometí que quedaríamos cuando estuviese más tranquila. Me despedí con un abrazo y gritando mientras me iba:

    ― Tenemos un café pendiente.

    Cuántas veces habré repetido esta frase, cuántas veces en mi vida…cuántos cafés pendientes con tanta gente que quiero.

    A veces usamos esta frase, simplemente como una frase hecha, en realidad, es un mero formalismo social.

    Pero otras veces, lo deseamos, lo queremos, sentimos que con ese alguien con quien te encuentras queremos compartir más tiempo y deseamos hacer ese café. Pero la vida no nos deja, desbordándonos, llena de cosas que hacer.

    ¿Es la vida en realidad? ¿O soy yo que no me dejo de desbordar? Esta es la pregunta que lleva dando vueltas en mi cabeza desde hace varios días.

    Ahora Lydia ya no está…y ese café nunca llegará.

    Y cuando te enteras de que se ha ido, en seguida piensas que hay que vivir la vida, que podemos quedarnos sin ella en tan solo un momento. Y que a partir de ahora la vamos a valorar, a vivir, a sentirla más.

    Y aunque es lo que sentimos y es lo que creemos, otra vez el día a día, nos lo hará olvidar.

    Ese día que la encontré, algo me hizo parar, y me alegro de haber conversado con ella, pero siempre, siempre, quedará ese café pendiente.

    Y saliendo del tanatorio, miro al cielo y le mando un beso. Y observo las nubes que tapan el sol. El aire es frio, pero nada me impide ponerme los auriculares y comenzar a caminar, sintiendo mis pasos, sintiendo la música que me gusta mientras parece que el sol quiere empezar a brillar.

    Y me doy cuenta de que aún estoy viva y que debo comenzar a volver a disfrutar.

    Lydia, allà on estiguis, recorda, que tenim un cafè pendent.

    T’estimo molt, fins sempre!

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