Tengo razón cuando la tengo y cuando no, también

Autoconocimiento. Desarrollo personal. Silencia tu ruido mental

¿Por qué necesitamos tener siempre la razón? ¿Por qué discutimos sobre cosas absurdas? Queremos tener la razón incluso cuando no discutimos, cuando simplemente nos pasa un pensamiento por la cabeza y lo recogemos para darle mil vueltas y adaptarlo a nuestra razón.

Querer tener la razón es el resultado de uno de nuestros mecanismos de supervivencia. Y eso es así porque nuestro cerebro necesita almacenar los recuerdos bajo un mismo patrón.

La repetición hace que el cerebro dé por válido un pensamiento para crear un patrón y este patrón será el que nos permitirá dar una respuesta más rápida frente a un peligro. Si la información que almaceno no es coherente con la que tengo no podré responder de forma inmediata y el peligro me vencerá. Pura supervivencia.

Vamos a ver la historia de hoy, no os contaré una discusión, ya que posiblemente entonces nos centraríamos en saber quién tiene la razón. Así pues, nos vamos de compras a un supermercado.

¡Vaya! Una oferta. ¡Voy a llevármela!

Ha salido de casa a pasear y de regreso decide entrar en el súper. Solo necesita un par de cosas que no pesan, así que las podrá llevar en la bolsa que lleva.

Como suele pasar siempre que entramos en un súper acabamos comprando más de lo que habíamos entrado a comprar. Al pasar por el pasillo central se encuentra el detergente que más le gusta de oferta, la segunda unidad sale al 70%. Es un detergente caro, y no siempre lo puede comprar, así que decide llevarse dos unidades. Coge el par de cosas que había entrado a comprar y se dirige a las cajas, ya va suficiente cargada.

Hay algo de cola en las cajas, sin embargo, las cajas del autoservicio están vacías. Así que decide ir a pagar allí. Cuando está pasando los códigos de barras por el lector, le asalta un pensamiento: “¿Y si no me hacen el descuento en el detergente?” En realidad, le invade el miedo. Aunque ella no se da cuenta su cuerpo ya ha reaccionado al pensamiento, y se ha puesto nerviosa. Pasa el resto de los productos por el lector, paga y recoge el tique de compra. Mira el tique y observa que le han cobrado el mismo precio en las dos unidades de detergente, “¡Si ya lo sabía yo!”. Se dirige al personal de seguridad y le pide si puede llamar a algún responsable para que le ayuden.

Tiene que esperarse un rato, se pone nerviosa, al final se le hará tarde. Unos minutos después se presenta un dependiente, ella le explica que no le han cobrado el precio de la oferta. El dependiente coge el tique y le indica que al final de la cuenta se le ha hecho el descuento pertinente y que este se ha restado del valor inicial.

“¡Pues vaya! Debería de hacerse el descuento directamente cuando pasa la segunda unidad, si no, no se entiende” exclama. Le da las gracias y se va bastante cargada, ya que las dos unidades de detergente pesan un montón.

En el camino a casa se da cuenta de que, si se hubiese fijado en la suma total de la compra, se hubiese dado cuenta de que le había hecho el descuento. La suma total de la compra era inferior al valor de dos unidades de detergente sin descuento. Ahora piensa “¿Cómo no me he dado cuenta?, y encima, ahora se me ha hecho tarde y tendré que correr”.

Moraleja: parar y pensar. ¡Ojalá fuera tan fácil!

En esta aventura podemos observar comportamientos y creencias, y podríamos pensar que la conclusión más importante es que tenemos que poner más atención a lo que hacemos, parar y pensar.

Pero esto no es el objetivo de este artículo, esta historia está creada para explicaros como funciona nuestro cerebro cuando está buscando tener la razón. Vamos a darnos cuenta de que nuestro comportamiento será el mismo cuando nos encontremos discutiendo con alguien, pero en una discusión seguramente habrá más dolor o sufrimiento.

El sesgo de confirmación

En primer lugar, nuestra protagonista ha tenido un pensamiento al que le ha dado valor. Si no le hubiese dado importancia y hubiese pensado que sí que le harían el descuento su cerebro hubiese funcionado de otra manera.

El cerebro funciona mediante distintos sesgos. Para poder dar una respuesta rápida frente a un peligro inminente no podemos analizar todo lo que estamos percibiendo, así que nuestro cerebro sesga la información quedándose con la que le parece más relevante, con esta información se va a los recuerdos y según sean nuestros aprendizajes da una respuesta rápida para gestionar el peligro.

En esta historia ha entrado en funcionamiento el sesgo de confirmación. Al pensar “No me harán el descuento” nuestra protagonista ha buscado los datos que confirmaban su pensamiento.

El sesgo de confirmación, por tanto, nos puede llevar a errores, pero nos ha permitido y nos permite sobrevivir. Sería muy complicado vivir, o simplemente sería imposible, si tuviésemos que analizarlo todo. Simplemente debemos saber que existe este sesgo y que funcionamos así. Tenerlo presente nos tiene que permitir ser más objetivos con nosotros mismos y con los sesgos de los demás.

Todo empieza en los pensamientos

El sesgo de confirmación ha entrado en juego cuando el pensamiento le ha dado paso.

No haber dado importancia al pensamiento o haberlo cambiado hubiese llevado a un comportamiento diferente. Si nuestra protagonista hubiese cambiado el pensamiento a “Seguro que el descuento es automático al pasar los códigos de barras” su cerebro hubiese visto el descuento y posiblemente el valor total de la compra, inferior a la suma de los dos productos. Hubiese cambiado el sesgo de confirmación para adaptarlo al nuevo pensamiento.

Muchos de los pensamientos llegan a nuestra mente de manera automática, sin que los creemos nosotros conscientemente, pero nosotros somos libres de decidir si les queremos dar importancia o no, es decir, quedarnos con el pensamiento o dejarlo ir.

Si no nos damos cuenta de que estamos pensando, entonces le daremos valor al pensamiento de forma automática. Por eso tenemos que estar atentos a lo que pensamos y decidir si el pensamiento nos sirve o debemos eliminarlo.

Hormonas y hábitos

Si seguimos reflexionando podemos observar que en situaciones en las que discutimos a veces se está disparado un patrón o hábito.

En nuestra historia la reacción inmediata ha sido ir a quejarse sin parar a pensar o revisar el tique o el valor total de la compra. ¿Qué ha pasado? Muchas veces estamos de mal humor o enfadados y buscamos la discusión, o hechos que nos lleven a enfadarnos con alguien. Seguramente habrás observado que cuando has tenido un mal día acabas discutiendo, y esto es así porque tu has buscado y buscado un motivo para discutir, hasta que lo has encontrado.

No te culpes, el cerebro funciona así. Vivimos de forma reactiva y cualquier excusa es buena para poder justificar mi enfado. Mi pensamiento genera la emoción, el cuerpo genera las hormonas y sustancias bioquímicas necesarias para enfrentarme al peligro y yo, como un títere, busco el peligro para funcionar. Cualquier excusa será buena para discutir.

“Ya sabía yo que hoy sería un mal día”

Y seguimos…

Si seguimos observando, es curioso, como nuestra protagonista tiene que acabar teniendo la razón, no reconocer haberse equivocado, sino que deduce que en el tique está mal hecho y que debería estar diferente.

Nuestro hipocampo sigue buscando la manera de almacenar la información de manera coherente para nuestro cerebro, para que todo siga funcionando bien. A nuestro cerebro no le interesa la verdad, le interesa tener la razón. Simplemente cuestión de supervivencia.

Y todavía faltan las emociones

Recuerda que este ejemplo simplemente nos va a servir para demostrar que los seres humanos siempre queremos tener la razón pero que si queremos dejar de sufrir y vivir mejor debemos extrapolarlo a aquellas situaciones o discusiones que nos hacen sentir mal, para poder gestionarlas mejor y dejar de sufrir en nuestro día a día.

Vamos ahora a analizar lo que ha sentido la protagonista. En esta situación nuestra protagonista ha sentido durante unos minutos una emoción, una mezcla de miedo de perder el dinero, que pensaba que se iba a ahorrar, y de enfado al sentirse defraudada.

Aprovecharé para recordar que las emociones duran pocos minutos, solo cuando les ponemos el pensamiento se convierten en sentimiento. En este caso la emoción no ha dado paso al sentimiento porque el desenlace ha sido inmediato, pero seguro que si hubiese habido algún error la protagonista lo hubiese contado una y otra vez a todas las personas de su entorno, sintiendo repetidamente esa emoción cada vez que recordara el hecho en su mente.

¿Cuántas veces nos encontramos delante de situaciones similares con un desenlace totalmente diferente, a las que después, le damos vueltas y vueltas a la cabeza, o bien las contamos repetidamente sintiendo ese enfado cada vez con una mayor intensidad?

Cuando te suceda esto, recuerda que simplemente estás sintiendo una emoción de forma repetida por el mero hecho de recordarla. ¡Coge el pensamiento y elimínalo! Haciendo este simple movimiento bajarás el sufrimiento de tu día a día.

Buscando aliados

La necesidad de explicarlo se basa en la necesidad que tenemos de tener razón, para ello buscamos a nuestro alrededor hechos que confirmen nuestra suposición. Si lo explicamos a alguien que nos da la razón, esto nos ayudará a reafirmarnos, si no nos la da, entonces no la escucharemos y seguiremos pensando, buscando los argumentos que nos ayuden a confirmar nuestros razonamientos o seguiremos explicándolo a otros buscando su confirmación.

Y ahora toca discutir

Me gustaría que al final del artículo te dieses cuenta de que todos estos procesos los realizamos sin darnos cuenta, que la historia de hoy es simplemente una anécdota, porque decirte que no tienes la razón cuando estás segura de que la tienes y puedes encontrar un montón de argumentos que lo justifiquen hubiese impedido que llegarás hasta aquí.

Sin embargo, te invito a que estudies esta manera de funcionar en situaciones de discusiones reales que te lleven a sufrir.

Recuerda, nuestro objetivo es menos sufrimiento

Muchas veces discutimos por creencias que tenemos tan interiorizadas que no nos paramos a plantearnos si son ciertas o no. Simplemente las defendemos como una parte de nuestra identidad.

Las creencias forman parte de nuestro yo, si alguien intenta tocarlas, modificarlas o cambiarlas está tocando una parte de mi identidad, por eso me siento atacado. Estamos tan identificados con las creencias que pensamos que somos parte de ellas, y defendiéndolas nos defendemos a nosotros.

Entonces, ¿Cómo lo gestionamos?

Antes de entrar en una discusión o cuando estés en ella y te des cuenta, valora si vale la pena discutir por ello. La mayor parte de las discusiones no tienen importancia.

Observa también si eres tú quien ha buscado inconscientemente la discusión, simplemente porque estabas actuando bajo el sentimiento del enfado, que llevas arrastrando todo el día. Estás en el sentimiento del enfado, con todas tus hormonas en tu torrente sanguíneo, buscando el detonante para entrar en modo lucha. Este es el peor de los casos, porque ni siquiera tienes un razonamiento lógico para discutir, aunque tu sesgo de confirmación lo esté buscando.

Puede ser que tengas un hábito que has creado frente a una persona. A veces discutimos con algunas personas, simplemente porque tenemos el hábito de hacerlo, y su presencia nos dispara a ello, buscando cualquier argumento que pueda ser útil para justificarnos.

Cuando discutimos también queremos cambiar al otro, pensamos que, si cambiamos su creencia por la nuestra, se unirá a nosotros y pasará a formar parte de nuestra identidad. Como seres humanos necesitamos sentirnos parte de la manada, por tanto, parte de los otros.

Ahora que sabes que tu cerebro quiere tener la razón para sobrevivir y que el sesgo de confirmación te ayuda a razonar a tu favor, y esto le pasa también a los demás.

Si el motivo de la discusión tiene origen en una creencia, la batalla está servida. Reflexiona, ¿Piensas que una creencia unida al sesgo de confirmación puede acabar en final feliz?

Cómo lidiar con una discusión

En tu cerebro, tus sesgos y creencias no te van a dejar ver nada que te lleve al razonamiento contrario, en el cerebro de los demás pasa lo mismo, pero al revés.

En tu cerebro, tus sesgos y creencias no te van a dejar ver nada que te lleve al razonamiento contrario, en el cerebro de los demás pasa lo mismo, pero al revés.

Para vivir mejor, como siempre, hay que parar, observar cómo pensamos, y dejar pasar los pensamientos que no nos sirven. Los pensamientos que repetimos se convierten en pensamientos útiles para el cerebro. Para cambiar los patrones debemos repetir los pensamientos que son útiles en nuestro camino hacia la disminución del sufrimiento e ignorar el resto.

Espero que estos artículos te vayan ayudando. Recuerda que lo que describo aquí es mi opinión y que lo que explico son simples ejemplos para que puedas reflexionar sobre ellos. Si quieres puedes compartir conmigo tu opinión. ¡Anímate a escribirme!

La mente que se abre a una nueva idea jamás volverá a su tamaño original

 

Albert Einstein

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4 comentarios en «Tengo razón cuando la tengo y cuando no, también»

  1. Tienes toda la razón.
    Cuando tu cerebro se obceca en algo, ya puedes intentar cambiarlo que como no te pares y digas… ¿pero qué estoy haciendo?, no vas a dejar de mirar las cosas de forma «negativa».
    Mejor cambiar al… Don’t worry be happy! Y todo fluirá mejor en nuestra vida.
    Un beso!

  2. Hola Gemma, cuanta razón tienes. Nos obcecamos sin pararnos la mayoría de las veces ni en pensar, ni escuchar los razonamientos que nos da la otra persona y que nos pueden ser muy útiles.
    Tendríamos que empezar a conocernos un poquito mejor para no caer en malas costumbres una y otra vez.
    Un abrazo y besos.

    Jordi

    1. Gracias por tu comentario Jordi! Espero que estas entrada en el blog os vayan ayudando a reconocer estos hábitos, para cambiarlos y sobretodo a empezar a vivir más en paz con nosotros y nuestro alrederor. Un abrazo

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