Zapatos, mochila y frustración

    Desorden. Cansada de luchar. Silencia tu ruido mental

    ¡Estoy contenta! Hoy he podido salir a mi hora del trabajo. Los últimos días he tenido tanta faena que me he quedado a trabajar aún siendo mi hora de recoger. Hoy ha sido un día bastante tranquilo y, además, de vuelta a casa, no he encontrado demasiado tráfico, así que tengo tiempo para ir al gimnasio a hacer una de mis clases favoritas. Voy a conseguir llegar puntual sin tener que ir corriendo y esto hace que me sienta bien.

    Subo a casa, cojo la mochila y me dirijo hacía el gimnasio, a mi clase de yoga.

    Después de hacer la clase, me siento genial. Estoy muy bien, he conseguido relajarme y he charlado con algunas compañeras del gimnasio.

    Una buena ducha y me dirijo hacia casa. Hay que preparar la cena.

    Durante el camino de vuelta soy consciente de que he conectado con mi paz interior, así que, aunque esté cansada y queden muchas cosas por hacer, decido que hoy voy a tomármelo con calma y que además no me enfadaré con mis hijos adolescentes. Pase lo que pase, mantendré esta paz.

    Y…nada más abrir la puerta de casa me encuentro unos zapatos tirados en medio de la entrada.

    ―¡Todo está bien! ―expreso en voz alta, mientras respiro profundamente. ―Hoy no me voy a enfadar.

    Desvío mi atención, pienso que voy a deshacer mi mochila y a hacer la cena con calma.

    Pero… cuando llego al comedor me encuentro en el suelo, la mochila de mi hijo, y, encima de la mesa, su chaqueta.

    Sin ser consciente, un berrido se escapa de mi boca, en ese mismo momento me doy cuenta de que estoy gritando. Intento controlar el tono de mi voz.

    ―Jan, recoge los zapatos, la mochila y la chaqueta ― grito mientras voy bajando el tono de mi voz a cada palabra, en un intento de mantener la calma ― Cada día la misma historia ― añado en voz muy bajita.

    ―¡Vaya! Ya vienes de mal humor ― responde él, desde su habitación, sin moverse.

    Intento morderme la lengua. Yo estaba bien, venía contenta y relajada. Es la situación lo que me pone de mal humor.

    Al mismo tiempo que una parte de mí, lucha por mantener la calma, otra funciona más rápido.

    ― ¡Noooo! De mal humor me pongo cuando llego a casa ― grita alguno de mis otros “yo” sin que yo pueda controlarlo.

    Y me doy cuenta de que he perdido mi voluntad de no enfadarme.

    ― Pues no hace falta que vengas a casa, si estás tan mal con nosotros ― sigue contestando Jan

    Esas palabras hieren, hacen daño y siento que se prepara una buena pelea, donde acabaremos diciendo cosas que no sienten y de las que probablemente acabaremos arrepintiéndonos.

    El mal humor, la rabia y la frustración están servidos para cenar, si no hago algo para cambiar el menú.

    El crecimiento personal que estoy haciendo tiene que servirme de algo. Respiro de nuevo, no me culpo por haber perdido los nervios, sé que en estos procesos de aprendizaje voy a caer muchas veces en mi piloto automático. Repito mentalmente los aprendizajes que he ido adquiriendo: a veces me daré cuenta antes de que pase, otras veces después y a veces al mismo tiempo en el que está sucediendo la acción. Lo importante es darse cuenta, y ser consciente de ello.

    Mi paz interior no es negociable, y solo depende de mí. Nadie tiene el poder de hacerme daño si yo no le dejo y una mochila en el suelo no puede ser tan importante como el mal que podemos hacernos si empezamos a gritarnos.

    Es un deseo inconsciente de ganar como sea. Nos ponemos en modo de lucha y una pequeña parte de nuestro cerebro, la amígdala, decide secuestrar a nuestro consciente. Con él bloqueado, decimos y hacemos cosas que no queremos, y que, aunque nuestro inconsciente sólo intentaba salvarnos cuando volvemos a ser conscientes vemos que nos ha llevado al sufrimiento.

    Tengo controlada y comprendo la emoción. Y ahora me planteo por qué una mochila en el suelo me ha hecho perder la calma.

    Gracias a mi crecimiento personal sé que no es la mochila si no lo que la situación me hace sentir. Cuando la veo pienso que mis hijos no me hacen caso y que no me respetan, que no han aprendido la educación o valores que yo quería enseñarles. Además, una creencia oculta en mi mente dice que los hijos deben respetar a los padres y hacer lo que ellos dicen, y al encontrarme una realidad distinto pierdo los nervios.

    Y observo la mochila y pienso que no es tan importante como para no hacerme volver a casa con las personas que más quiero. Y decido decir esta frase en voz alta, para que él me oiga.

    Y aunque sigo enfadada me dirijo a hacer la cena intentado centrar mi cabeza en lo que estoy haciendo. Me permito el enfado durante unos segundos, y decido soltarlo.

    Debo seguir trabajando en mi crecimiento interior para que el exterior no me perturbe de esta manera. Una clave que me ayuda es pensar si otras personas actuarían como yo, con ese enfado, y cuando me doy cuenta de que no, sé que todo está en mí.

    Solo si aprendo de mis emociones, y las empiezo a entender, podré controlar mi manera de actuar. Y cuando yo cambio, mi alrededor cambia.

    Por un momento sonrío pensando si es posible que cambiando yo mi hijo actúe de otra manera y recoja las cosas. Parece de locos pensar así. Tendré que educarlo, ¿no?

    Y aunque me asaltan constantemente pensamientos como “no puedo permitir que lo deje todo tirado” o “no debo dejar que me falten el respeto así”, decido ignorarlos, porque sé que se basan en creencias que tengo demasiado interiorizadas. ¡Tengo que escapar de estos pensamientos! Y decido dirigir mi atención a la comida que voy a cocinar. Empiezo a repasar mentalmente los pasos que voy haciendo para conseguir centrar mi atención y mantener mi mente en el presente.

    No sé cuánto rato llevo en la cocina cuando, de repente, aparece mi hijo y me dice:

    ―¿Puedo ayudarte? Tengo hambre.

    Y aunque no es una disculpa, suena muy bien.

    Empezamos a poner la mesa entre los dos, y cuando llego al comedor observo que había recogido sus cosas.

    Y recuerdo las palabras que dice Elsa Punset: “No es magia, es inteligencia emocional» ( https://youtu.be/T-WE4N-XH2M)

    ¿Has entrado por la puerta de tu casa y has perdido tu paz interior? ¿Has tenido un buen día y se ha esfumado porque alguien ha hecho algo que no te gustaba? Esa emoción nace de ti, y aunque es posiblemente que ahora te pongas a la defensiva y pienses que no es así, que son los otros los que dirigen tu emoción, cuando entiendes que tú eres la responsable de ella, es cuando puedes empezar a cambiar tu realidad.

    Me gustaría que reflexionases sobre dos cosas:

    La primera es que observes si el resto de las personas le da la misma importancia que le das tú a las situaciones que te desbordan y si no se la dan, piensa qué hay en ti que hace tú que te sientas así.

    La segunda, es que pienses si crees que son los demás los que te ponen de mal humor. Si fuese así nunca estaría en tus manos sentirte bien, porque siempre dependerías de los demás. En cambio, si decides que tú tienes el poder sobre tus sentimientos, te convertirás en la protagonista de tu vida, en lugar de ser su víctima.

    ¿Te animas a conseguirlo?

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